
Mi mundo es tan oscuro, que podría asustarte. Podría abrirme por completo, pero no tendría sentido, sólo verías esquinas y rincones sangrando en paredes blancas de hormigón. Las lágrimas, hinundan los abismos, y como cataratas cíclicas vuelven y vuelven a caer, desembocan, se hacen nada, y suben de nuevo, para retomar el camino hacia el abismo. El miedo se apodera de los lugares más insólitos, engañándome. Y en el centro, están mis ojos, cerrados, incapaces de ver, mis oídos sordos, mi corazón helado, y mi cerebro funcionando con un mal código. Ese es mi mundo, no te invito a conocerlo. No hay billete para la vuelta, sólo podrás ir más y más lejos, y acercarte nuevamente a un lugar tan tenue, que ni el fuego sería capaz de descubrir. Una habitación oscura, una canción triste, y una persona, encogida, henchida en llanto, ese es mi entorno. Y la única realidad que no es cierta, pero me creo. No puedes cambiarlo, no eres consciente. Está lleno de barandillas, pero son escaleras mecánicas que bajan. El esfuerzo es tan grande que jamás podrías alcanzar tu destino, la cima. La tristeza te ahoga y se oculta tras una máscara, una sonrisa. No distingues lo que es cierto y lo que no. Sólo estás tú, y tu mente. Algo que afirma ser tu amiga, pero es de los peores rivales que puedes encontrarte. Te absorbe, te quema, te pisotea. Sigues siendo tú, pero más pequeña. Hay dos realidades en este mundo irracional, el cariño, oculto tras el manto del pánico, y los sueños. Las dos únicas cosas que pueden ayudarte. Pero reniegas, no puedes acarrearlo, no consigues tomarlo. Se escapa, como el humo. Se cuela entre tus dedos, está ahí, pero no lo sigues. Sólo cuando tu vista deje de engañarte, y ese vapor se convierta en sólido, podrás escaparte. Mientras tanto, espero aquí sentada, soñando, y deseando, algún día poder ser rescatada.


